jueves, octubre 12, 2006

San Luis -- parte 1

El templo, igual que siempre, estaba vacío. Aunque era domingo, ni el sacerdote que se encargaba de él, ni el viejo conserge cascarrabias se encontraban ahí donde debían estar... Después de todo, ¿por qué preocuparse por el cuidado de una iglesia sin feligreses?
Y a pesar de todo, era aquel lugar el único al que acudía sin falta día con día. Los días de escuela me desviaba al ir a casa; los fines de semana, en vacaciones y en días festivos, caminaba hasta ahí desde mi hogar. Y sin importar la fecha, el clima o cualquier evento que pudiera surgir, era puntual al llegar siempre a las 17:41.
Cuando descrubrí esa parte de la ciudad, que parecía escondida y olvidada, yo había terminado un mal día en la universidad; no quería regresar ni cruzar palabra con persona alguna. Así que comencé a tomar otras calles, a doblar hacia el lado contrario en las encrucijadas, andar hacia el lado opuesto al de costumbre... me perdía para despejar mi mente.
De repente me percaté de un brusco cambio en la apariencia de todo lo que se encontraba a mi alrededor: casas muy pequeñas, ventanas rotas, paredes desteñidas, puertas abiertas de par en par, banquetas en mal estado, ausencia de automóviles, grandes piedras regadas por todas partes, basura reunida en algunas esquinas, alguna u otra persona con mirada distante.
No sentí miedo, ni asco, ni siquiera lástima o compasión. Toda esa gente estaba tan lejana a mí como si nos separara una gruesa barrera de vidrio. Por un momento me pregunté si debía sentirme mal por ellos, si no era injusta la vida al tratarlos así, si no era una gran mentira cada vez que dicen que obtienes lo que te mereces; había escuchado eso tantas, tantas veces...
-- Pero qué más da -- pensé -- ... qué importa si la vida es justa o no. De nada sirve hostigar a mi cerebro pensando en la posible existencia de un destino que lo rija todo, eludible o no. Las cosas simplemente pasan. Pasan... y nada más...
Continué mi camino sin rumbo, hasta que vi el campanario de una iglesia. Su color añejo me llamó la atención , y busqué la manera más pronta de llegar. La construcción era bastante antigua, y tal parecía que en mejores tiempos, había sido un templo más o menos concurrido. Pero en ese momento ya todo estaba descuidado y desgastado.
Entré en silencio, apretando la mochila entre mis brazos y contra mi pecho; dirigía la vista hacia el altar desnudo y las paredes adornadas con estatuillas de algunos santos ya empolvados.
Había algo en aquel lugar que lo hacía especial: tal vez esa soledad que pronto se convertiría en mi refugio; tal vez aquel olor a viejo que de serme detestable pasó a resultarme el más bello aroma; tal vez aquella atmósfera inexplicable de paz que deshacía uno a uno, suavemente, todos los hilos que tensionaban mi alma.
Toda mi vida había dicho que pertenecía a la religión católica, pero nunca lo había creído realmente. Sólo, simplemente era... era un decir. Y me extrañaba sentir que todo el peso sobre mi espalda desaparecía al estar ahí, en un recinto católico, justo en el lugar en que nunca había esperado sentir algo como eso.
Miré mi reloj: 17:41.
Al día siguiente, a esa misma hora estuve dentro del templo. Me senté en la cuarta banca, del lado derecho; estuve ahí hasta las 18:38, y fui de regreso a casa. La siguiente tarde también estuve ahí.

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Lo empecé esta tarde, imgainando todo sobre la mesa con mantel rojo en el café XP
No sé lo que será de la historia, simplemente nació así. Y pues el plan es terminala mañana mismo =P

Saludos ^^

Hoy fui a las estrellas y vi París =)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ohhhh! y la segunda parte? donde está? cuándo sale?
La historia lleva tu sello, es algo que voy descubriendo cada día que te leo, creo que cada uno tenemos nuestro sello, y seguramente, si me pusieran varios relatos, sin el nombre del autor, sobre la mesa, acertaría con el tuyo.
Me ha recordado a la conversión de André Frossard cuando entró en una capilla del Barrio Latino de París.