Fiel como un perro. Ésa era la expresión exacta. No como un gato que condiciona su presencia, sino como un perro que recibe a diario con cariño al joven que no siempre está de humor para tales recepciones. Un perro.
El hilo de sus ideas se perdió ahí. Su mente quedó en blanco y dejó de escuchar en su cabeza una melodía a la que no le había prestado atención sino hasta el instante en que ésta se detuvo.
Ahora todo era sólo silencio. Afuera y adentro, todo se había calmado. Y ese desasosiego comenzó a enredarse como raíz entre los pies que se apoyaban sobre el suelo de madera, ascendiendo poco a poco, subiendo por las rodillas, pasando por los muslos y alcanzando el torso, creando consigo el inevitable hueco en el estómago, disparando irremediablemente la pesadez en los latidos del corazón.
Suspiró. Era como si un molesto bicho revoloteara alrededor de sus oídos. Imposible ahuyentar aquel pensamiento insistente y obsesivo.
Cerró con desgana el libro de notas en el que trabajaba, abrió el segundo cajón de su escritorio y lo guardó bajo llave. Los bolígrafos fueron depositados en la misma lapicera que siempre se quedaba sobre su escritorio. Se puso el saco al levantarse y apagó la luz al salir.
El aire de la noche era fresco y húmedo. El cielo estaba colmado de nubes grises que resultaban amenazantes, y pronto empezó a llover. Y durante el camino a casa, ese maldito insecto no dejó de zumbar alrededor de su cabeza.
La puerta de su casa emitió un chirrido que más bien parecía una queja. Encendió la luz al entrar, buscando con la mirada algo distinto, fuera de lugar, que rompiera con la monotonía de siempre, que lo obligara a dejar de pensar. Dejar de pensar en ella. Olvidar su ausencia aunque fuera por tan sólo una hora.
Pero nada había cambiado. El lugar donde había estado ella creaba un vacío que lo llenaba.