viernes, abril 28, 2006

{0006 - mirada}

Sus ojos eran los más bellos que podían existir en el universo; eran los más sagaces, los mejor dotados de capacidad de análisis veloz y observación sorprendente, los de mayor alcance, los más vivos, los más profundos, los más penetrantes, los más estructuradores, los que sabían leer mejor en el alma de los demás. Los mejores ojos, simplemente y sin duda alguna.
Pero, ¿por qué?. ¿Qué razón había para que él, y sólo él poseyera aquel par de diamantes?
Seductores, grandes, puros, engañosos, sinceros, infranqueables, expresivos y por completo dueños de sí mismos... eran los ojos más hermosos, los más perfectos.
Los más perfectos, para hacer juego con su persona.
La luz proveniente del Sol se desvivía por llegar hasta ellos, por ingresar a las pupilas, por hacer pasar las imágenes, desde aquellas puertas a la majestad pura, hasta el extraordinario cerebro del hombre. Los objetos a su alrededor hacían posible lo imposible con el único propósito de llamar su atención, y que aquellos pares de perfección fijaran su mirada en ellos. Los animales, las plantas, todo aquello que poseyera vida, habrían dado sin titubear más de la mitad de su existencia a cambio del placer de ser vistos por esos ojos un segundo, un instante nada más.
¡Y qué decir de las personas, de los humanos! Todos, sin excepción, sentíanse subyugados ante tal belleza; una impecable cautividad los atrapaba mientras estaban al alcance de la magnificencia del par de roces con el paraíso. Y las mujeres al instante caían en un hipnotismo soñado, que les expandía el corazón y sonrojaba sus mejillas.
Y aquel hombre, aquel joven poseedor de tal maravilla, no era egoísta y compartía su tesoro a cuanto ser se acercaba, brindando a todos una felicidad extrema momentánea imborrable en sus memorias.

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pido disculpas, primero a mis lectores tangibles, y luego a los fantasmas abióticos que me leen y rondan perdidos por la Internet mientras buscan la forma de escapar de su existencia, por estar lejos este tiempo en que la escuela me secuestró y me robó todo mi tiempo.
tardé un buen rato en tomar inspiración, pero luego todo fluyó tan suavemente como antes =).

saludos

miércoles, abril 19, 2006

{de estrellas y humanos - 0005}

Todas las noches, apenas oscurecía, el joven salía a contemplar las estrellas... aunque en realidad sólo observaba una. Era su estrella, su más amada en el cielo.
Sabía encontrarla lo mismo en días claros, entre miles y miles de estrellas, que en días nublados o lluviosos. Siempre, pasara lo que pasara, él iba a estar ahí para verla. Siempre. Desde que tenía 12 años, hasta ese momento, en que tenía 17, su vida estaba repleta de esas visitas diarias a la estrella.
Y no era capricho ni obsesión, no era locura ni enfermedad, no era admiración, y mucho menos un sueño inalcanzable. Era su estrella y sólo eso. No la más brillante, no la más cercana, no la más hermosa ni la más espectacular; sólo era ella, la estrella, su estrella.
El joven había descubierto que la amaba, pues su corazón se expandía hasta el mismo infinito cada vez que estaba frente a ella. Sus ojos penetraban esa luz que años atrás había despedido la estrella y que apenas en ese instante llegaba hasta él... y sólo para él. Porque ella también lo amaba; él podía sentir su calor en ese bellísimo contacto visual.
Pero ¿cómo?... ¿cómo era posible la existencia de tal amor, entre un diminuto ser humano y una inmensa estrella? ¿Acaso las estrellas eran capaces de amar?... "¿Por qué no?", se decía a sí mismo cuando aquella tormenta de preguntas hirientes llenaban su cerebro. El joven estaba seguro, no tenía por qué dudar, pues sentía el amor de una estrella atravesar años luz el espacio para llegar hasta él.
¿Imposible? ¿Por qué? ¿Es que los humanos tienen la posesión de todo el conocimiento? ¿Acaso la sabiduría humana conoce todos los límites que existen?... "Claro que no. Claro que no.". Se repetía él, en las tardes soleadas en que no podía verla.
Una noche, el día en que se cumplía el aniversario en que la estrella y el hombre trabaron conocimiento, ella brilló más que todas las estrellas en el firmamento. Su calor llegaba hasta las entrañas del joven, parecía que quería ella, con su luz, acariciar su piel.
Y él, loco de amor y pasión, quiso franquear la incalculable distancia que lo separaba de su amada. "Estás demente" dijo una voz en su cabeza, su sentido común, su razón, que intentaban inútilmente detenerlo. "¿Por qué no?" contestó el joven, decidido ya a ir tras ella.
Caminó, extendió los brazos, siguió el rayo de luz, y se fue. Fue para vivir con la que era la única razón de su ser. Fue para hacer realidad ese amor tan irrealmente verdaero.
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Algo diferente, sin mucha concentración o inspiración, pero algo al fin y al cabo.

miércoles, abril 12, 2006

{reacciones - 0004}

Sophie leyó la noticia en el contenido de los eufemismos que pronunciaba aquel hombre ante el cual se encontraba; ese mismo hombre que jamás le había fallado, que no conocía el significado de la palabra "mentir", que era en su totalidad la viva representación del honor y la honradez.
Y sin embargo, a pesar de la maravillosa persona que tenía enfrente, la joven no pudo (y tal vez no quiso) contener una mirada de odio puro y rencor asesino. No era justo y ambos lo sabían, pero el mensaje era tan punzante, tan horrorosamente cierto, que se comprendía fácilmente aquella muestra de desprecio.
Sin saber cómo reaccionar, sin siquiera tener una vaga idea de qué iba a hacer, Sophie salió disparada por un camino desconocido sin rumbo fijo, ignorando por dónde se apoyaban sus pies. Roeland, conociendo el peligro que corría su amante, su amada niña que acababa de ser tocada por el espectro del infortunio, corrió tras ella como una bala, y logró rodear la estrecha cintura con sus brazos justo antes que ella cayera en la enorme grieta recién creada por la superficie terrestre, por la que ya corrían torrentes de agua salvaje que por ningún motivo habrían dejado escapar a la joven de sus terribles garras.
Sophie retrocedió unos cuantos pasos, asustada, sin atreverse a mirar a Roeland, y apretó con las manos su cabeza que estaba al borde de la locura.
-- Sophie... -- dijo el hombre, algo asustado, tomándola por los hombros e intentando escudriñar sus sentimientos a través de su mirada... que ahora estaba empañada en unas lágrimas de las que su dueña no se percataba.
El tono dulce en que fue pronunciado su nombre fue capaz de tranquilizarla como el sedante más poderoso; y cual dócil muñeca se dejó guiar hasta una casa... ¿la suya? ¿la de él? ¿la de algún amigo? ¿la de su maestro?... No lo sabía; y después de todo no importaba. Ya nada importaba para Sophie.
Al sentrise segura, bajo un confortable techo, la joven separóse suavemente de su acompañante, y sin dejar de dirigir al suelo su mirada, dijo con sorda voz:
-- Déjame... déjame sola.
Ante esa súplica, ese ruego más profundo que el de un moribundo, Roeland supo que no había nada mejor qué hacer. Se sentó en una silla de madera, apoyó su frente entre sus manos y esperó.
La emocionalmente indefensa niña entró a una habitación oscura y se dejó caer en la cama, sin pensar, sin poder aclarar el torrente de ideas ininteligibles que destrozaban su cerebro y herían su alma... y sólo sintiendo su respiración ya acompasada, su circulación ahora regular y la oxigenación calmada de cada una de las células de su cuerpo.
Cerró los ojos.

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Bueno... creé una historia a partir de una imagen jajaja... Y después de estar leyendo a Dumas, y de leer el fragmento de historia que me mandó Lily, me di cuenta que no sé hacer cosas tan grandes y bellas... pero me gusta hacer lo que hago, me satisface y no quiero ser la mejor porque lo que hago lo hago para mí y no para alguien más. Me deleito escribiendo, y tal vez nunca llegue a ser reconocida... pero personas como ella tienen que llegar a ser grandes porque se lo merecen =). Realmente eso espero.
Gracias por leer.. a los que leen XD
me dijo Rolando: "Cary, nadie lee esas cosas"
y yo: "Por qué crees que me hice uno?" XD jajajaa
weno, saludos a Ross y Steven =)

martes, abril 11, 2006

{0003 - hielo}

Bajo la resplandeciente luz que reflejaba la luna llena, misma que junto a millares de estrellas pretendía dominar el cielo del planeta, lograba verse la gigantesca silueta de aquel hombre de más de dos metros de alto. A sus hombros llevaba una capa que no dejaba ver el resto de su atuendo siempre nergo.
Sir Stranielth, ese ser tan misterioso, se encontraba al borde del acantilado de la ciduad de Vetnsa, justo en el paraje prohibido tanto por su riesgo como por las leyendas de demonios que giraban en torno a él.
El viento rugía furioso, cual si hubiere deseado arrancar todos los árboles de sus centenarias raíces. Las ráfagas de aire hacían que la amplia capa ondeara ruidosamente, como para hacer juego con la rizada cabellera de la estatua humana, que revoloteaba salvajemente tras la nuca de su dueño.
Quedóse ahí el hombre, inmóvil, meditando quizás, por espacio de largo tiempo; y luego, de repente, sin preámbulo alguno, se lanzó al vacío que terminaba, miles de metros abajo, en un profundo río de aguas cristalinas.
La caída, que parecía interminable, que aparecía casi eterna a los ojos de Sir Stranielth, fue para él igual de emocionante que caminar por cuatro horas bajo el sol en un desierto.
El terror, el vértigo, la adrenalina que debía correr incontrolable por sus venas; la asfixia por la rapidez de la caída, la opresión en su pecho, la parálisis temporal de sus miembros; la insensibilidad, en fin, de su epidermis al contacto con un aire gélido y cortante: nada pasó, nada fue, nada se hizo presente ante aquel monstruo.
Rígido, con el ceño fruncido, con una perfecta línea horizontal en sus labios delgados, con la respiración tranquila y un flujo normal de la sangre, con la fría e hiriente mirada fija en el río, Sir Nhigsht Stranielth llegó imperturbable a su destino: hundióse cual flecha cientos de metros en el agua helada, permaneció ahí unos minutos, y finalmente salió a la superficie con sonrisa placentera.
Todo parecía indicar que había disfrutado su travesía.
Con majestad abandonó el río y quedó en pie junto a la orilla. Su tez, generalmente pálida, conservaba un tono azulado, pero el soberbio brillo de sus ojos continuaba intacto.
Y, chorreando agua por su ropaje negro y sus castaños cabellos, comenzó a caminar, observó la luna llena estructuradoramente, rió como sólo él sabía hacer, y se preguntó en voz alta con ese timbre grave y profundo:
-- ¿Y ése fue el precio por mi inmortalidad? ¿Así de fácil?
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bien... cada vez me inspiro más XD.
en fin, creo que por hoy no hay mucho qué decir.

domingo, abril 09, 2006

{esfuerzos - 0002}

Corría, corría sin descanso, olviando por completo mis fatigadas piernas que me imploraban clemencia, ignorando los aullidos de dolor de mis pobres pies, soportando la tortura de esos pulmones que querían dejar de ser míos. Corría con un solo pensamiento; un único deseo me quemaba las neuronas.
Y no me importó lo bello del paisaje, el viento helado o la gélida tormenta que estaba por desatarse en aquellos cielos que no recuerdo haber visto.
Todo, podía darlo todo por llegar a verla. Después de tantos años, más allá de la infranqueable distancia que nos separó alguna vez... ese momento, en el lugar a donde me dirigía, era la única ocasión en que podía mirarla, tomar sus manos y abrazarla de nuevo.
Fue por eso por lo que dejé a un lado todo, por lo que decidí correr tan largo camino después de las desgracias que se habían colapsado sobre mí. No me rendí... simplemente no podía hacerlo, no era capaz de rendirme, aún en esa terrible situación en la que me llegué a encontrar.
Y corría. Y mientras corría, una angustia más devoraba mi pecho, un puñal inexistente comenzaba a tomar forma y se agasajaba destrozándome el alma con aquella incertidumbre: tal vez ella no me esperaría, quizá cuando hubiera llegado ella ya no estaría ahí.
Y redoblaba mis fuerzas sacadas de el alimento imaginario que había tomado en la mañana y de aquel descanso ficticio que un sueño nulo me había proporcionado la noche anterior.
Al fin, sin darme cuenta, me encontré con el final de mi camino, y debajo de aquel gran árbol... ahí estaba ella, sentaba, leyendo igual que años atrás.
Me detuve en seco a cien pasos de ella; no podía caminar, y no por cansancio, sino por la paralizante alegría que se había apoderado de mi ser. Y como si se hubiera percatado de mi presencia, ella levantó su vista del libro, me vio por una fracción de segundo, y dejando caer todo lo que tenía sobre sus manos y piernas, se lanzó corriendo a mi encuentro.
Nos abrazamos por incontables minutos, llorando de alegría, sin ser capaces de articular palabra alguna. Y luego, al separarnos, nos observamos fijamente, como para ver cuánto habíamos cambiado; ella lucía diferente, pero aquellos hermosos ojos grises, aquel cabello negro trenzado, la sincera sonrisa y la franca mirada, aún continuaban igual, cual si el paso del tiempo no supiera de la existencia de las facciones de esa adorable joven.
Mágicamente, lo que había pasado, cada una de las desgracias, las fatigas físicas y emocionales... todo se había desvanecido. Y me di cuenta que había valido la pena, por el simple placer de ver de nuevo a mi mejor amiga, aunque fuera sólo por unos instantes.

Fernando Díaz
Noviembre 17, 1814
Cataluña, España
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wow... que lindo es poder tener inspiración de nuevo ^o^
decidí empezar con una serie de pequeños escritos, y luego veré si puedo tomar alguno de los fragmentos para hacer algo decente en grande XD
gracias por leer =)
saludos desde mi hogar submarino jajaja

sábado, abril 08, 2006

{0001 -- efecto}

Los dos hombres se vieron fijamente unos instantes, justo en medio del proceso de asimilación de las palabras recientemente pronunciadas; en esa fracción de segundo, en que ninguno pensó siquiera en respirar, sus ojos despidieron intenciones de asesinato y venganza.
Pero fue sólo un momento casi nulo.
Luego el primer hombre reaccionó: su respiración se agilizó, su corazón comenzó a intentar escapar de su pecho, la sangre dejó de querer recorrer sus venas; una palidez mortal cubrió su rostro generalmente tranquilo, sus párpados rígidos cubrieron aquella mirada fija en la nada, y su boca entreabierta exhaló un suspiro desde lo más hondo de su pecho mientras dejaba que la copa de vino se resbalara dócilmente entre sus dedos. Sus piernas flaquearon, y si no cayó fue gracias al extraordinario dominio que siempre había ejercido sobre sí mismo.
El segundo hombre, con gélida mirada, no perdió detalle alguno de la escena que pasaba frente a sus ojos; sus labios dibujaron una cruel sonrisa de satisfacción, dio media vuelta, y con paso flemático, se retiró de aquella habitación.
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bien... es mi primera entrada, espero no abandonar este blog como abandono el 90% de las páginas que inicio jajaja
en fin
es un buen lugar para escribir cuando tenga inspiración sin grandes ideas en concreto ^^

saludos!