Iba a ser un largo viaje... Largo , y silencioso al parecer.
Me encontraba a su lado, pero parecía que ninguno de los dos se encontraba en ese lugar. Recargaba mi cabeza en su hombro, y él tomaba mis manos entre las suyas. Tan cerca y tan distantes. Su mirada estaba clavada en la ventanilla cristalina del coche en que nos trasladábamos, mientras mis ojos se iban cerrando poco a poco ante la escasa resistencia que les oponía. Nuestras almas iban alejándose una de otra para ir a perderse entre las telarañas del tiempo y del espacio.
Al fin mis párpados cayeron, mi respiración se volvió más suave y profunda, y el recuerdo impreso de mi amado en mi memoria iba borrándose paulatinamente para dar paso a las figuras informes de mi imaginación.
Y así, el movimiento irregular de los caballos a trote, y los giros bruscos que el cochero manipulaba fueron meciéndome hasta adaptarme a ellos. A través de mis ojos cerrados podía ver nuestro carruaje cruzando el camino accidentado, bajo un cielo gris y una neblina espesa que no permitía el paso de la luz solar.
Árboles, miles de árboles alrededor, tristes, melancólicos, anhelantes, que albergaban en ellos a los pajarillos que no cantaban y a los conejos que no corrían.
Podía sentir que el aire húmedo nos rodeaba, como queriendo detenernos y dejarnos atrapados en medio de la nada...
Y el paso cada vez más regular de los caballos, que fue luego semejando el movimiento de una locomotora. Gradualmente, el paisaje fue transformándose, dejando a un lado la naturaleza para dar lugar a lo que parecía un pueblo abandonado.
Pequeñas casas de madera pintorescamente decoradas; la plaza del centro con sus bancas, sus fuentes y sus monumentos; la iglesia ostentando el enorme campanario y una bien cuidada fachada; y por supuesto, la estación en que nuestro tren hizo su parada de costumbre... Todo habría sido perfecto si la neblina no nos hubiera perseguido hasta allí, ahuyentando a la gente que tanto deseaba ver: elegantes caballeros dando su brazo a damas bellas, acompañados de alguno de sus sirvientes, y saludando a los trabajadores campesinos que encontraran a su paso. Sin embargo, al no presentarse ni una sola persona, aquél parecía un pueblo fantasma.
Me arrellané en el asiento del vagón que ocupábamos solamente él y yo. El tren estaba casi vacío, y teníamos gran espacio para nosotros, aunque quedamos tan juntos como antes, conservando entrelazadas nuestras manos; fijando él en la ventanilla su mirada, dejando yo mis párpados cerrados...
Sentí mi espíritu alejarse otro tanto, con lo que las paredes que nos encerraban desaparecieron, permitiéndonos respirar el inconfundible aire de mar.
Llené mis pulmones de la refrescante brisa manrina, adivinando aquella estrecha banca en que él y yo nos encontrábamos, en la popa del barco, dando la cara al océano. El balanceo acompasado que sentía, indicaba un oleaje tranquilo y regular, que me hacía profundizar más dentro de mí y olvidar esa neblina densa que no nos dejaba en paz.
Podía notar la ausencia de los peces debajo de mis pies. Parecía que la esencia de la vida nos huía por donde quiera que pasáramos... Parecía que llegábamos a ser los últimos seres vivientes del planeta... Parecía que el Universo entero confabulaba para mostrar su grandeza a nosotros únicamente.
Y luego, llenando de magia la travesía, el acompasado movimiento del mar cesó, el barco se esfumó, y la neblina nos trasladó hasta lo alto del cielo, justo entre las nubes.
No había más alrededor. Volábamos sobre la nada, sintiendo esa humedad congelada, inexplicablemente suave y acogedora, tomados de las manos, viendo él fijamente, cerrando yo mis ojos.
Tan cerca y tan distantes... Ni una palabra en todo el viaje había nacido entre nosotros; ni una mirada habíamos cruzado; ni un beso habíamos compartido.
Entonces todo regresó: las cuatro paredes, el incómodo asiento del carruaje, la ventanilla humedecida por la neblina, el movimiento irregular de un trote de caballos, el grito monótono del cochero a los animales ya cansados... Abrí los ojos, y él me dirigió su mirada penetrante.
Pude leer a través de ella el camino, el tren, el pueblo fantasma, la popa del barco, el mar inhabitado, la neblina amiga y el viaje entre las nubes.
Nuestras almas se habían alejado poco a poco, sin desatar el precioso lazo que las unía. Estuvimos cerca, estuvimos distantes, pero estuvimos juntos.
--Algo más feliz como lo prometí :P... mi gran sentido de lo que es feliz ¬¬ jajaSo, dos días más de vacaciones, y de vuelta al mundo real u_uSaludos de la pequeña niña apocalíptica :P