Durante algunos días, había acarreado conmigo esos días nublados que, repentinamente y sin aviso alguno, se transformaban en momentos lluviosos tan inoportunos como inesperados. Un cielo gris, un ambiente terroso y una luz opaca seguían fielmente el paso a mis sentimientos. El sol no dejaba verse y los colores iban perdiendo vitalidad con el paso de las horas.
Aún así, lo disfrutaba. Me gustaba sentir cómo ese frío interno se hacía uno con el exterior, cómo la lluvia helaba aún más mis pensamientos, cómo las nubes ensombrecían mi percepción sobre las cosas... Pero el recuerdo de tu imagen, lo único que me quedaba de ti, se rasgaba poco a poco junto al cortante viento que me rodeaba con sus intangibles brazos.
Entrecerré los ojos para intentar rescatar tu silueta en mi memoria, cuando aquel dulce calor ya casi olvidado se hizo presente a mis sentidos, dándote forma, devolviéndote el aroma y la voz que te pertenecían. Y ahí estabas, frente a mí, otra vez.
Me perdí un instante en la profundidad de tu mirada, absorbiendo la infinita calidez de tu sonrisa. Tomé tu mano, y fue entonces que supe que todo estaba bien. Sentí cómo la sangre volvía a fluir suavemente por mis venas, haciendo regresar el color a mis mejillas, mientras el cielo recuperaba casi mágicamente su alegre tono azul. Las nubes se olvidaron de su opacidad en tan solo unos instantes, y la luz comenzó a brillar a nuestro alrededor...
Y me di cuenta, al sentirte, de lo mucho que me habías hecho falta hasta entonces.
Aún así, lo disfrutaba. Me gustaba sentir cómo ese frío interno se hacía uno con el exterior, cómo la lluvia helaba aún más mis pensamientos, cómo las nubes ensombrecían mi percepción sobre las cosas... Pero el recuerdo de tu imagen, lo único que me quedaba de ti, se rasgaba poco a poco junto al cortante viento que me rodeaba con sus intangibles brazos.
Entrecerré los ojos para intentar rescatar tu silueta en mi memoria, cuando aquel dulce calor ya casi olvidado se hizo presente a mis sentidos, dándote forma, devolviéndote el aroma y la voz que te pertenecían. Y ahí estabas, frente a mí, otra vez.
Me perdí un instante en la profundidad de tu mirada, absorbiendo la infinita calidez de tu sonrisa. Tomé tu mano, y fue entonces que supe que todo estaba bien. Sentí cómo la sangre volvía a fluir suavemente por mis venas, haciendo regresar el color a mis mejillas, mientras el cielo recuperaba casi mágicamente su alegre tono azul. Las nubes se olvidaron de su opacidad en tan solo unos instantes, y la luz comenzó a brillar a nuestro alrededor...
Y me di cuenta, al sentirte, de lo mucho que me habías hecho falta hasta entonces.