lunes, agosto 18, 2008

{rayo de sol - 0051}

Durante algunos días, había acarreado conmigo esos días nublados que, repentinamente y sin aviso alguno, se transformaban en momentos lluviosos tan inoportunos como inesperados. Un cielo gris, un ambiente terroso y una luz opaca seguían fielmente el paso a mis sentimientos. El sol no dejaba verse y los colores iban perdiendo vitalidad con el paso de las horas.
Aún así, lo disfrutaba. Me gustaba sentir cómo ese frío interno se hacía uno con el exterior, cómo la lluvia helaba aún más mis pensamientos, cómo las nubes ensombrecían mi percepción sobre las cosas... Pero el recuerdo de tu imagen, lo único que me quedaba de ti, se rasgaba poco a poco junto al cortante viento que me rodeaba con sus intangibles brazos.
Entrecerré los ojos para intentar rescatar tu silueta en mi memoria, cuando aquel dulce calor ya casi olvidado se hizo presente a mis sentidos, dándote forma, devolviéndote el aroma y la voz que te pertenecían. Y ahí estabas, frente a mí, otra vez.
Me perdí un instante en la profundidad de tu mirada, absorbiendo la infinita calidez de tu sonrisa. Tomé tu mano, y fue entonces que supe que todo estaba bien. Sentí cómo la sangre volvía a fluir suavemente por mis venas, haciendo regresar el color a mis mejillas, mientras el cielo recuperaba casi mágicamente su alegre tono azul. Las nubes se olvidaron de su opacidad en tan solo unos instantes, y la luz comenzó a brillar a nuestro alrededor...
Y me di cuenta, al sentirte, de lo mucho que me habías hecho falta hasta entonces.

martes, agosto 05, 2008

{0050 - un mejor comienzo}

Ya estaba hecho. En un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido, dejando un vacío tan profundo como difícil de asimilar; un vacío que se asemejaba a nada, a la inexistencia; vacío que se iba expandiendo poco a poco, apoderándose de todos los rincones aún alegres que quedaban en aquel pequeño planeta olvidado y confundido entre la inmensidad del universo.
De un segundo a otro, los olores, colores y formas que caracterizaban a ese mundo diminuto, fueron exterminados por un rayo de fuego que había estallado un poco lejos de allí, sin que ningún ser en el cosmos hubiera querido hacer algo para evitarlo.
Nadie, nada. Nadie hizo nada. Y entonces... ¿Entonces qué? ¿Cuál era el valor del canto de un planeta que a nadie le importaba? ¿Por qué se habían llegado a dar las condiciones para que surgiera aquella vida tan hermosa en un planeta por el que no se hacía nada?
La oscuridad más profunda terminó por invadir el espacio natural de lo que había sido una colorida masa de elementos congregados por un centro de gravedad. Todos los componentes habían sido consumidos tras el impacto.
Sin embargo, no todo había muerto. Aún podía sentirse algo que, si bien no podía verse o tocarse, mantenía un aura de la calidez que solía describir al planeta. Sin que tuviera que percibirse el paso del tiempo, ese algo comenzaba a revitalizarlo.
Las luces y formas iban regresando al mundo con mayor rapidez que cuando habían sido exterminadas. Los olores, sensaciones y sabores, únicos en el universo, volvieron a brotar, ahora un poco más intensos, dotando al cosmos de la satisfacción, alegría y felicidad que solamente podía provenir de aquel diminuto planeta olvidado.
Un planeta que, después de algún desastre, siempre anhelaba un mejor comienzo.