martes, septiembre 30, 2008

{0052 - oscuridad}

Por un momento, percibí la sensación de que alguien me observaba a través de la densa oscuridad que me rodeaba. Me detuve en seco, con el corazón palpitando violentamente dentro de mi pecho, alerta, agudizando mis sentidos, intentando ser capaz de sentir el más mínimo movimiento que alguien hiciera a mi alrededor.
Permanecí inmóvil unos minutos que pesaban como horas y se revolcaban en mis entrañas. Toda clase de situaciones peligrosas aparecieron velozmente en forma de imágenes en mi cabeza, mientras ideaba soluciones casi inverosímiles para cada una de ellas. La adrenalina había recorrido mis venas por completo y ya me había preparado para cualquier cosa que llegara a suceder.
La lucha en mi cabeza entre la razón y los instintos de supervivencia evitaba que tomara decisión alguna. Y poco a poco, al asimilar el paso del tiempo y la conservación de la calma de mi entorno, la irracionalidad fue perdiendo terreno, desacelerando el corazón y relajando los sentidos.
Sin embargo, no pude convencerme del todo de que hubiera sido fruto de mi paranoia habitual acentuada por las condiciones nada confiables en las que me encontraba. Aunque así lo parecía, lo cierto era que la soledad no era tan absoluta como la oscuridad por aquellos sitios.
Y sonreí al darme cuenta que no podría dejar de frecuentar ese lugar, menos aún por mi curiosidad exagerada por encontrar el porqué en prácticamente cualquier aspecto de mi vida. Con seguridad continué la marcha, prestando atención a cualquier sospecha de no ser la única persona que transitaba por mi camino.
Escuché un ruido. Me paralicé otra vez. No logré hacer encajar ese sonido en ningún elemento conocido en mi mente. Lo pude oír de nuevo, un carraspeo rasposo, suave, débil, como un quejido. Parecía provenir justo detrás de mi cabeza, y me volví. Tanteé con las manos para encontrar a quien hacía ese ruido tan extraño, pero sólo toqué aire, nada.
Por alguna razón, mi estado, aunque era de alerta, no me intranquilizaba tanto como la primera vez. Escuchar algo confirmaba mucho más la sospecha de que había algo ahí, que sólo percibir una mirada entre las sombras.
De pronto, sentí que algo hacía peso sobre mi pie: el ruido se originaba ahí. Se me heló la sangre por unos instantes, evitando que pudiera reaccionar de alguna otra manera. Y después, la presión se deslizó por el tobillo con intenciones de ascender. Sacudí mi pie frenéticamente, liberándome de aquella cosa que emitió un gemido al caer al suelo, sin que pudiera asegurarme de haberlo escuchado en mi imaginación o en mis sentidos.
Aquella suave queja interrumpió el silencio una vez más. Me agaché intentando inútilmente percibir algo entre tan profunda oscuridad. Por su tono, parecía que lloraba. No pude más que compadecerme a tan dulce lamento. Me hinqué, y con las manos comencé a tantear el suelo.
No tardé mucho en encontrarlo, aunque me estremecí al contacto con aquella piel suave y tersa, en tanto que la criatura calmó inmediatamente su sollozo, tal vez por la sorpresa, o esperando saber qué iba a hacer yo con él.
Lo exploré con cuidado, suavemente. Se trataba de una pequeña masa blanda sin forma estrictamente definida, que podía abarcar con ambas manos. Sin duda, mi calidez corporal lo atrajo, y con mi ayuda, comenzó a subir hasta terminar entre mis brazos, expresando su comodidad con un leve ronroneo.
Me puse en pie y continué mi camino con tranquilidad, esperando salir de aquel abismo oscuro para poder ver a mi nuevo amigo. En poco tiempo, llegué al último pasillo de mi recorrido por las tinieblas, por donde empezaba a filtrarse una tenue luz de amanecer.
Salí por fin a un claro, donde ya era capaz de distinguir no sólo el contorno, sino también una tonalidad algo difusa de los objetos. Fijé la atención en la criatura que abrazaba: era negra. Con dificultad pude notar el perímetro de sus ojos, negros también, con forma de canicas. Su mirada y los sonidos que emitía, lo convertían en el ser más expresivo que hubiera imaginado. Aunque acababa de conocerlo, podía asegurar que lo satisfacía no estar en la penumbra.
Decidí permanecer en aquel lugar para apreciar el amanecer. Sin embargo, la luz del día parecía no incrementarse con el ritmo en que habitualmente lo hacía. El sol salía rápidamente, pero no iluminaba el claro donde me encontraba, como si una nube de oscuridad me rodeara.
La criatura entre mis brazos iba poco a poco concentrando calidez en su masa corporal; no tardé en darme cuenta que era aquél pequeño el que absorbía la luz del ambiente. Me estremecí al comprenderlo, al entender el porqué de la oscuridad tan profunda del lugar del que acababa de salir.
De inmediato pensé en regresar al extraño ente a donde lo había encontrado, donde no fuera capaz de tragar luz esparciendo oscuridad. Pero al ver sus ojos desbordantes de felicidad, al escuchar sus gruñidos placenteros, desistí de mi intento. No podía arrebatarle la alegría a la criatura que había decidido compartirla conmigo.
Después de pensarlo, tomé una decisión: dejaría a mi amigo en el camino sombrío en que lo encontrara, para regresar la noche siguiente, llevarlo a ver conmigo el amanecer... y ocultarlo de nuevo el resto del día, para hacer de eso una rutina que lograra hacerlo feliz, para alimentarlo de luz, para ayudarlo a extender su territorio de oscuridad.
Sabía que, en efecto, sería perjudicial para los demás vivir en un mundo cada vez menos iluminado. Pero más me importaba el bienestar de aquella criatura que en tan poco tiempo me había llenado de tanto cariño, que de aquellas miles de personas que en tanto tiempo, me habían dado tan poco.