viernes, septiembre 22, 2006

{0023 - vacío}

Extendí mi brazo hacia el cielo obscuro y abrí mi mano como si esperara alguna reacción por parte de la nada que me envolvía entre sus helados pliegues.
Hacía frío, el ambiente estaba seco, la atmósfera sentíase pesada y cortante; me resultaba desgastante respirar en aquel lugar, pero ni siquiera pasó por mi cabeza la idea de abandonarlo. Tenía que estar ahí, permanecer por el tiempo que fuera necesario: algo en mi cerebro me lo ordenaba.
Tras unos minutos bajé mi brazo otra vez. No, la lluvia no llegaría... aún no entendía por qué seguía teniendo fe en eso, en una situación tan inverosímil como impracticable.
Sin dejar de ver el cenit, me arrodillé en el suelo, y luego me dejé caer. La tierra, extrañamente, se sentía húmeda. Tomé puñados de polvo, y los deshacía poco a poco entre mis dedos mientras sentía esa textura fina que me recordaba muchas cosas.
De repente algo húmedo rodó por mis mejillas. Mi corazón se exaltó y comenzó a latir tan fuerte como si fuera a reventar; una sensación de miedo y júbilo recorrió las venas de todo mi cuerpo antes que mi cerebro fuera capaz de reflexionar.
Pero después de unos segundos, en que toqué ese líquido en mi cara, me di cuenta de lo que era: una lágrima. La decepción fue tan terrible como conocida.
Mi mirada entonces se posó en la tierra. La esperanza se había perdido, había dejado de creer.
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lo acabo de escribir. =P
Saludos

miércoles, septiembre 13, 2006

Negro y rojo

Rodrigo vio fijamente a Estela por un segundo. Observó su largo cabello castaño que le caía en bucles sobre la espalda; su vestido blanco que arrastraba un poco en el suelo, que definía discretamente su talle delgado y que dejaba al descubierto la deliciosa curvatura del cuello y hombros de color del mármol. Recorrió sus ojos sagaces de éstos a los suaves brazos, y luego a las finas y elegantes manos que mostraban un ligerísimo temblor; después pasó al rostro, más bello por la inocencia que reflejaba, que por la delicadeza de sus facciones: su frente era amplia y pura, sus cejas delgadas, sus ojos grandes, su nariz pequeña, así como su boca color de rosa.
Ella no podía más que deleitarse en los ojos negros del joven, en su mirada de fuego, y en los labios que esbozaban una ligera sonrisa de triunfo.
Y todo por espacio de un segundo, un segundo que tenía la pretensión de querer ser inmortal. Un segundo en que Estela dejó de pensar para sentir, olvidando por completo la razón por la que ella se encontraba frente a Rodrigo.
Tras esto, sin más preámbulo, Rodrigo tomó con sus manos la cintura Estela, y puso sus labios sobre los de ella. Pero era más que un beso apasionado al que la joven sin pensarlo correspondía; él la estaba hechizando, la estaba transformando en una de ellos.
Su boca pasó luego hacia la barbilla y después a aquel cuello blanco que tanto le encantaba, mientras la hacía retroceder dirigiéndola a una habitación. Un pensamiento rebelde asaltó la mente de la chica, diciéndole: "¿Pero qué es lo que piensa hacer contigo?". Estela sabía que tenía que intentar detenerlo, y que debía estar asustada; pero por alguna razón no lo estaba.
Afortunadamente, Rodrigo se detuvo ahí y se separó de ella, quien en ese instante sintió como si su cerebro se hubiera estado ahogando, y luego pudiera salir a la superficie a tomar aire. Creyó haber vuelto a la normalidad, y sintió que su boca sabía a sangre; contuvo un instante su respiración para llevar una mano al extraño calor de su cuello, que, efectivamente, también escurría ese líquido; por último se atrevió a verse hacia abajo: su vestido blanco estaba manchado de rojo hasta casi la cintura. Claro... Rodrigo era, pues, un vampiro.
La joven dirigió su vista hacia él; él sonreía de una forma bastante rara, y extrañamente Estela no sentía miedo; no estaba nerviosa, sus manos no temblaban, su cabeza ya no se inclinaba hacia abajo. Se volvió a todos lados, observando la cama, el espejo, los burós, el clóset, el piso de madera... todo estaba exactamente igual, pero a la vez era tan diferente...
De nuevo vio a Rodrigo, y entonces comprendió: la había convertido en vampiro también.
Un sentimiento contradictorio invadió su corazón: por una parte, se encontraba feliz de haber logrado evitar la transformación de su prima; mas por el otro lado, había tenido que sacrificar su vida y su alma por ello, por la seguridad de su familia. No se arrepentía, sino sólo se le oprimía el pecho al pensar en que era demasiado, y también bastante injusto.
Su compañero sonreía, y a Estela le gustaba cada vez más esa sonrisa. Rodrigo simplemente caminó y fue directo a un patio oscuro. Ella lo siguió, y quedó sorprendida al reconocer a Diego a lo lejos, sentado y sumido en sus pensamientos; hacía sólo unos minutos había estado junto a su amigo, pero en cuanto éste la besó, lo había olvidado por completo.
-- Ahora -- pronunció Rodrigo, dirigiéndose a unas sombras que resultaron ser personas --, creo que sabemos lo que tenemos que hacer.
"Entrar a la casa con magia negra" fue el primer pensamiento que tuvo Estela, sin haberlo razonado antes. Entonces, ¿ahora iba a tener que hacer lo contrario a lo que había estado defendiendo? ¿Estaba obligada a hacerlo? Después de todo, ése era el riesgo que la chica había decidido correr al tomar una resolución tan desesperada.
Su mundo interno terminó de derrumbarse por completo. Más aún porque sabía que iba a intentar perjudicar a su familia, porque estaba consciente de que una parte de ella quería hacerlo, y que sus sentimientos hacia ellos iban siendo sustituidos por el sentido de pertenencia al grupo por el que estaba rodeada.
Rodrigo trazó un plan casi militar para rodear la casa. Todos ejecutaron las órdenes puntualmente. Estela estaba indecisa, pero también participaba: su lucha interna ya había cesado; se sentía vacía, pero no pensó siquiera en oponerse al alma de vampiro que se estaba apoderando de ella.
Rodrigo estaba seguro de su lealtad.

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oohh la he terminado o_o
jajaja, no sé, estoy medio dormida, y mañana que la lea me daré cuenta si lo hice bien o no. Pero ya no quería seguir con este pendiente =P
n_n
Saludos

viernes, septiembre 08, 2006

Rojo y negro

No era capaz de borrar la impresión de aquella mirada. Algo en su interior le decía a gritos que tenía que regresar, que no debía haber escapado. Pero no, era necesario ahogar esa voz y evitar por cualquier forma volver a encontrar a Rodrigo.
Repentinamente, al estar frente a la casa, se dio cuenta que estaba oscureciendo. ¡Tan rápido! Nada de eso estaba teniendo sentido; estaba asustada y tenía su pecho oprimido por una sofocante sensación.
Abrió bruscamente una puerta lateral, que daba a un costado de la sala, justo a un lado de la escalera. Ahí se encontraba la madre de Estela, junto con dos o tres de sus sobrinas; todas estaban muy agitadas, y recibieron a la recién llegada como náufragos ante la presencia de una barca.
-- ¡¿Qué sucede?!
-- ¡Estela! ¡Estamos en problemas!
-- ¡¿Por qué?! ¿Qué sucedió?
-- Es Nancy...
Estela se volvió bruscamente hacia su prima, que más que eso, siempre había sido una buena amiga.
-- ¿Qué tienes?
-- Pues -- dijo ella, bastante preocupada y nerviosa --, voy a convertirme...
-- ¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!
Hacía unos años, Nancy había sido mordida por un hombre lobo, pero gracias a múltiples hechizos benignos, nunca había alcanzado a transformarse, aunque tampoco habían logrado eliminar la sangre de lobo de sus venas. Por supuesto que esa noche iba a ser luna llena, pero eso jamás había representado un problema para la chica.
-- No lo sé, Estela. ¡Simplemente lo siento!
Nancy le pedía desesperadamente ayuda con sus ojos y con su voz. Y no era sólo por ella; no le tenía miedo al dolor de la metamorfosis, y sabía que después de un tiempo volvería a ser ella misma. Lo que en realidad le aterraba era que al transformarse en un ser maligno, la magia negra entraría en la casa, y por lo tanto la dejaría vulnerable a los ataques de los demonios que debían estar ansiosos por llevarse un buen botín antes de regresar al portal.
-- Me llevaré a las muchachas a un lugar más seguro. -- dijo a su hija la tía de la joven, temblando pero intentando conservar la calma.
-- No te preocupes. Yo me encargo.
Y mientras las demás iban hacia habitaciones secretas, Estela comenzó a caminar desorientada por la casa, asustada, pensando en la forma en que podría salvar a su familia del peligro que tenían encima. La magia negra no debía entrar a su casa de esa forma, porque sería imposible detenerla.
Tenía que existir una manera... algo, algún conocimiento del que ella pudiera valerse. Sin sentarse siquiera, comenzó a reflexionar, olvidando la tranquilidad necesaria para tomar una buena decisión; tras unos minutos de escasa meditación, recordó que había leído una vez que la hechicería oscura sólo podía entrar una vez en un lugar en que no se habían presentado demonios con anterioridad. Por lo tanto, si generaba una situación en que otro tipo de magia negra ingresara en la casa antes que Nancy se transformara, esto último iba a ser imposible. Faltaba saber, entonces, cómo hacerlo sin que resultara igual o más riesgoso que la metamorfosis.
Sin pensarlo mucho tiempo, la imagen de Rodrigo saltó a su cabeza. Él iba a ser ahora su salvación.
Estela sabía que ese joven era un demonio... lo había sentido, lo había podido descifrar a través de su mirada. No tenía idea de qué clase de ser maligno era, pero estaba segura que podía lidiar con eso; después de todo, lo más importante era proteger a sus seres queridos, sin importar lo que a ella le pasara.
Lo haría entrar como demonio, se las arreglaría para que utilizara algún conjuro inocuo, y lo sacaría de ahí. No era lo más seguro, pero sí la solución más rápida que se le ocurrió. Estela deseó con todas sus fuerzas, aunque también algo temerosa, que Rodrigo se hiciera presente dentro de la casa.
Y como si el joven se hubiese entrometido en los pensamientos de la chica, algunos segundos después se encontraba ya a las espaldas de Estela. Ella se volvió enseguida, y lo vio: alto, imponente y seductor; Diego lo seguía cual perrito faldero.
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Esta parte la escribí hace unos días pero había tenido problemas para subirla x.X, pero ya está aquí XP
Mientras escribía, decidí hacerle una cuarta y ùltima parte (porque yo había pensado en que fueran sólo tres), y pues aquélla la tengo comenzada. Quisiera terminarla pronto para ver si puedo recomenzar con mi proyecto de novela... peeero en fin, ya veremos XD; después de todo, el lunes comienzan las clases de nuevo =/
Saludos!!! =)

lunes, septiembre 04, 2006

{0022 - turquesa}

Protegida en su rincón de siempre, abrazando las piernas con sus brazos, dejando que su extenso cabello cubriera casi la totalidad de su rostro inundado en lágrimas eternas, dejando al olvido la tarea de contar el paso del tiempo... Larsa... Larsa era siempre la misma; empeñábase en parecer estatua viviente, prendíase de todo el sufrimiento que pudiera imaginar y lo transformaba y multiplicaba como en cientos de caleidoscopios que destrozan el alma.
A pesar de la humedad en sus ojos a causa de las lágrimas, su mirada no desprendía brillo alguno. Cada milenio una parte más de su corazón se marchitaba y se desprendía cual pétalo de rosa. Una exageración desmedida de la amargura de la vida había transformado su inicial extraordinaria belleza en una imagen que únicamente podía inspirar compasión.
Su brillante cabello color turquesa ahora era gris, oscuro y opaco; su tez perfecta había perdido su especial tono sonrosado, para convertirse en lo que aparentaba ser una tela plegada con un matiz de suciedad; su nariz larga, delgada y fina se había ensanchado, tomando una curvatura nada agradable; y su sonrisa... ¡qué decir de su sonrisa! Antes, resplandeciente, dulce, rodeada por unos deliciosos labios suaves que hacían de Larsa la más hermosa de las divinidades, ahora era sólo una triste marca de infelicidad en su rostro.
Y a través de la multitud de sedas impecables que cubrían su cuerpo, escapaban rebeldes los brazos que alguna vez fueron los más bellos portadores de unas manos irrealmente puras.
Su belleza era admirada por la totalidad de los seres existentes. Larsa fue dotada de un cuerpo majestuoso, a cambio de la valentía necesaria para ser feliz.
Así, poco a poco fue destruyéndose, al torturarse a sí misma con todas las penalidades que su cerebro podía proporcionarle. Y el abandono al que ella se iba confinando, causábale cada vez más y más pesar, más dolor... dábale más pretextos para llorar.
En muchas ocasiones, llegaban junto a ella personas que deseaban ayudarla, amigos, hermanos, príncipes azules dispuestos a hacerla feliz... Sin embargo, Larsa era siempre la misma; rechazando a los demás, se rechazaba también a sí misma.
Y ahora, en ese momento, la que aún debía en teoría ser joven, la joven Larsa, estaba a punto de llegar al término de su existencia, al dejar marchitar sin piedad la última pieza de su corazón. Y nadie estaba ahí para evitárselo, para intentar darle esperanza, ánimo o consuelo.
Nadie, no había nadie en su rincón.
Pero ella tampoco los esperaba. Sabía que no tenía el valor para ir en busca de su felicidad.
Su corazón sólo necesitaba descansar.

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Algo rápido que acabo de escribir mientras intentaba hacer la última parte de blanco y negro y blanco y rojo XP. Veré si puedo terminar esa ahorita =o.
Saludos!!!