martes, enero 15, 2008

{sin magia - 0040}

Un querido amigo me había regalado un pequeño cristal, ricamente tallado y muy fino, que colgaba de un listón blanco. Estaba segura que era una especie de amuleto, aunque no lograba imaginar para qué.
Al llegar a mi cuarto de estudios, me dediqué a examinar aquella diminuta pieza de arte, que parecía también haber sido presa de un encantamiento mágico; al sumergir mi mirada dentro de los límites de esa cosilla diminuta, se perdían los bordes y cortes del cristal, mientras aparecían interesantísimas formas de todos colores que danzaban misteriosamente, se tocaban, se fusionaban entre sí y creaban otros nuevos elementos de similar comportamiento.
Cualquier clase de explicación científica o racional me parecía más que insuficiente. Jamás había observado similar juego de luces a través de un cristal. Era fascinante, magnífico. Presentábase ante mí la oportunidad de poseer algo tan valioso como nunca en mi vida imaginé. Además, aquel cristalito ejercía sobre mí un efecto tranquilizante; verlo me llenaba de armonía, y al tocarlo sentía alivianarse el peso de mi corazón.
Desaté mi nuevo tesoro de su listón blanco, lo coloqué en un delgado cordoncito negro, y lo até a mi cuello con la intención de nunca estar sin él. Se había convertido en mi nueva obsesión.
Una increíble racha de buena suerte se cruzó en mi camino a partir de entonces, y no pude más que agradecer infinitamente y con toda el alma al querido amigo que había provocado la causa de mi dicha. Y él, parecía ser mil veces más feliz al verme contenta. Veíamos todo más positivamente, y de algún modo fuimos tomando poco a poco fuerza para enfrentar a la vida con una sonrisa... yo con mi amuleto, y él con mi alegría.
Cierto tiempo después, el amuleto desapareció. Lo busqué en vano por muchas horas, en todas partes; lloré como una niña, perdí el control; sentí que no sólo había perdido el cristal del hermoso juego de colores, sino también aquella felicidad interna que estaba aprendiendo a hacer parte de mi vida cotidiana.
Y él me decía que no necesitaba el cristal para nada, pero se equivocaba. La conexión que el amuleto había creado entre nosotros iba siendo cada vez menos tangible. Si yo era feliz, él no lo era ya por mí... ya era momento de abrir los ojos: la magia había desaparecido.
***
Sé valiente. Vive, sueña y ama, que no se necesita magia para ser feliz.
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No había podido terminarlo o.O
De nuevo a clases >_<
Querida Ross, me encanta el poema de tu flog :)
Saludos a todos!