Después de tanto, al final logré encontrarlo: el camino a casa, el regreso a mi hogar.
Me detuve ante el umbral formado por los árboles nevados que me presentaban suntuosamente el inicio del camino. Contemplé las nubes rosadas por los tintes de un precioso ocaso que desplegaba con majestad su manto sobre el firmamento; las flores sonrientes me daban la bienvenida junto con las ardillas y las aves que habían ido hasta ahí sólo para eso. Extasié mis pulmones con un aire fresco y puro que sabía a tranquilidad.
El dolor causado por todas mis heridas iba perdiendo fuerza, mientras disminuía la intensidad de mis frustraciones y desesperanzas. Me quedé ahí, sin atreverme a dar un paso, sintiendo algo más que miedo e incertidumbre; algo más que la tristeza de dejar todo atrás; algo más que la cobardía para no poder empezar a recorrer mi camino, mi camino a casa.
Había algo más que me impedía caminar: mi memoria, mis recuerdos, tu imagen eterna frente a mis ojos, tu dulce voz grabada en mis oídos, sentir aún tus manos cariñosas protegiéndome. No quería irme sin decirte adiós, sin darte las gracias, sin decirte que te quiero. Tenía que verte, pero ¿cómo? No sabía dónde buscarte ni cómo llamarte.
Miré hacia atrás con angustia... No estabas. Y una fuerza irresistible me atraía poco a poco a aquella vereda que me conduciría a mi hogar. ¿Cómo, cómo irme sin que fueras lo último que mi mente captara, sin llevarte conmigo en mis sentidos?
Y sin embargo el tiempo se agotaba. La luz disminuía de forma gradual, y la penumbra comenzaba a apoderarse del ambiente. Sin luz no podría llegar a casa, y si esperaba más tiempo, tal vez nunca encontraría de nuevo el camino.
-- Lo siento, lo siento...
Suspirando, cerrando los ojos, derramando una lágrima, me fui. Crucé el umbral, y tomé el camino. De inmediato una sensación de bienestar, tranquilidad y dulce felicidad me envolvió, provocando en mi corazón una calidez que despejó todo rastro de tristeza o dolor que aún quedaba en mí.
Continué caminando, sonriendo, pensando en ti, agradeciendo al destino haberte conocido.
--
En memoria de mi pequeño Zafiro :)
Me detuve ante el umbral formado por los árboles nevados que me presentaban suntuosamente el inicio del camino. Contemplé las nubes rosadas por los tintes de un precioso ocaso que desplegaba con majestad su manto sobre el firmamento; las flores sonrientes me daban la bienvenida junto con las ardillas y las aves que habían ido hasta ahí sólo para eso. Extasié mis pulmones con un aire fresco y puro que sabía a tranquilidad.
El dolor causado por todas mis heridas iba perdiendo fuerza, mientras disminuía la intensidad de mis frustraciones y desesperanzas. Me quedé ahí, sin atreverme a dar un paso, sintiendo algo más que miedo e incertidumbre; algo más que la tristeza de dejar todo atrás; algo más que la cobardía para no poder empezar a recorrer mi camino, mi camino a casa.
Había algo más que me impedía caminar: mi memoria, mis recuerdos, tu imagen eterna frente a mis ojos, tu dulce voz grabada en mis oídos, sentir aún tus manos cariñosas protegiéndome. No quería irme sin decirte adiós, sin darte las gracias, sin decirte que te quiero. Tenía que verte, pero ¿cómo? No sabía dónde buscarte ni cómo llamarte.
Miré hacia atrás con angustia... No estabas. Y una fuerza irresistible me atraía poco a poco a aquella vereda que me conduciría a mi hogar. ¿Cómo, cómo irme sin que fueras lo último que mi mente captara, sin llevarte conmigo en mis sentidos?
Y sin embargo el tiempo se agotaba. La luz disminuía de forma gradual, y la penumbra comenzaba a apoderarse del ambiente. Sin luz no podría llegar a casa, y si esperaba más tiempo, tal vez nunca encontraría de nuevo el camino.
-- Lo siento, lo siento...
Suspirando, cerrando los ojos, derramando una lágrima, me fui. Crucé el umbral, y tomé el camino. De inmediato una sensación de bienestar, tranquilidad y dulce felicidad me envolvió, provocando en mi corazón una calidez que despejó todo rastro de tristeza o dolor que aún quedaba en mí.
Continué caminando, sonriendo, pensando en ti, agradeciendo al destino haberte conocido.
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En memoria de mi pequeño Zafiro :)